sábado, 28 de mayo de 2016

Clicks (relato largo). Tercera entrega.


A pesar de todo lo que se ha dicho, el interés del globo verde, del globo rojo y del globo violeta no se hallaba capitalizado por los muñequitos invasores en exclusiva. Ni siquiera en su mayor parte. Claro que sus groserías y su matonismo les resultaban curiosos, cómo no. Menuda gentuza que eran. Pero la amenaza que constituían los padres era de mucha mayor entidad. Por consiguiente, dirigían prioritariamente su atención hacia los dos adultos del domicilio, el hombre y la mujer vestidos de gris y de negro y de azul y de verde oscuros; los dos humanos serios y descomunales que podían acabar con ellos en cualquier instante.

El aspecto de la mujer no les agradaba en nada. Un solo vistazo servía para darse cuenta de que apenas contaba con curvas en el cuerpo, carencia incompatible con el rotundo criterio estético de cualquier globo. El rostro era todavía peor. Pómulos angulosos, dientes cuadrados y blancos como de alabastro, regulares hasta la náusea, y unos ojos levemente rasgados de los que solo se podían salvar las pestañas, larguísimas pero onduladas. El pelo lo tenía muy brillante y muy liso, sin un maldito rizo; los hombros rectos; los pechos triangulares y elevados, tan plenos y picudos que daban miedo; las manos pálidas, de dedos finos y uñas largas y cuidadas que podían hacerte estallar al mínimo roce. Vamos, una cosa horrible. Por lo menos no era muy alta, y esto la volvía menos peligrosa que el hombre, para el que ningún espacio por encima de las estanterías y por debajo del techo quedaba fuera del margen de visión. Ella, sin embargo, resultaba mucho más audaz que él. El momento concreto en el que se iniciaba una de las batidas que provocaban el toque de queda aerostático siempre era decisión suya. En esas lides, el hombre daba la impresión de hacerse un poquito el sueco.

A diferencia de su mujer, el marido era un individuo de gran envergadura, aunque también feo de remate. Tenía aún menos curvas que ella, con la notable excepción de los hombros y de los brazos, los cuales ejercitaba a diario en una especie de potro de tortura con profusión de prensas, poleas y manillares de agarre. En cambio, la cara la tenía más bonita, es decir, más redonda, y sus ojos almendrados resultaban más tolerables que los de la esposa.

Los dos padres estaban unidos por una gravedad incomprensible. Esta severidad causaba extrañeza en los tres globos, sobre todo en el pequeño globo rojo, porque de su familia era el más cariñoso. De los dos adultos le llamaba mucho la atención que, pudiendo hacerlo cuando se les antojase, casi nunca aplicaran las bocas sobre las mejillas de sus hijos, mientras que para él no podía haber nada más placentero que imaginarse siendo hinchado con el aire tibio exhalado por unos labios húmedos y esponjosos. Por otra parte, había quedado muy claro que aquella pareja de humanos no era gente de fiar. Durante el Gran Día habían hecho gala de una amabilidad extraordinaria hacia todo el mundo, incluso hacia la misma dinastía aérea, cuando en aquella casa hasta el último de los globos se las prometía muy felices, y, sin embargo, en los días siguientes habían sido capaces de endurecer sus semblantes y cometer los crímenes más atroces. La masacre de la estirpe gaseosa había sido obra suya; de quién, si no. Se hacía difícil recordar como un hecho verdadero y efectivo el cúmulo de sonrisas superpuestas en sus bocas, una detrás de otra, de tan lejano que parecía. Y no obstante, había sucedido así; en el Gran Día. Pero todo había resultado un espejismo. Nada más. El hombre y la mujer solo eran unos embusteros de primera categoría.





Hasta que el Gran Señor de los Globos Brillantes comenzó a declinar, la sexta jornada había transcurrido en aquella casa exactamente igual que las cuatro anteriores. Ni el globo verde, ni el globo rojo ni el globo violeta hubiesen podido advertir la más mínima diferencia. La oscuridad de las primeras horas siempre se veía quebrada por el breve y enloquecido frenesí que se desataba al amanecer. Aquella locura fugaz era dirigida por los padres y padecida por los hijos. Era el delirio de los desayunos insípidos a la carrera, del quitarse las vestiduras de la noche y del cubrirse con los nuevos ropajes del día, del cepillarse los dientes entre admoniciones apocalípticas acerca de las consecuencias de no hacerlo como un tal Dios mandaba, en fin, de una irritación vociferante guiando todas las rutinas que tenían que ponerse en marcha. Luego, después de los últimos gritos y del sonoro y definitivo portazo, se liberaba el alivio inconmensurable con el que daba inicio la cálida y pacífica mañana en soledad, sin presencia de seres humanos en la vivienda, cuando los tres globos podían descansar tranquilos por un largo espacio de tiempo. El momento de ensimismarse en sus gaseosas evoluciones; la posibilidad de entregarse libremente a la introspección y a la metafísica. De abrazar el panteísmo hacia el que de forma tan natural tendían las cavilaciones de aquellos y de cualesquiera otros globos en el mundo: el aire perdido fundiéndose en el exterior con el Gran Éter del universo, el ser individual regresando a la sustancia divina y primigenia de la que fuera separado por el capricho humano de dos carrillos bien hinchados. La unión final desde la que se puede volver a comenzar en cualquier momento.

Extinguirse de esa manera, imperceptible pero conscientemente, experimentando la grandeza totalizadora de la Creación, no podía causar ansiedad a nadie. Era la hermosa imagen de una muerte llena de dignidad. Qué tendría eso que ver con la idea de ser asesinado por la punta afilada de un cuchillo en una tétrica cocina de luces blancas. Estallar por los aires era el final temido, un padecimiento que causaba dolor solo con ser imaginado. Pero el moroso cesar de la existencia era una cosa completamente distinta. Un futuro asumible, algo que se podía aceptar con serenidad, sin aspavientos gratuitos ni dramas de ninguna clase. En los instantes de mayor éxtasis místico, al que no pocos globos gustan de abandonarse cuando se encuentran solos, podía verse incluso como un término deseable. De modo que la sosegada mañana era el periodo dulce, levemente nesciente, de monologar e interrogarse uno mismo acerca del sentido de una vida que se escapaba con cada micra cúbica de aire, con sus casi cuatro quintas parte de nutritivo nitrógeno, su quinta parte de áspero oxígeno, su más de dos por ciento de agobiante y pegajoso vapor de agua, su algo menos de uno de exquisito, de sublime argón. Y qué decir del noble resto de componentes de la propia sustancia, tan insignificantes como necesarios, de esa chispa de la vida que constituían el neón, el metano o el kriptón, el burbujeante y sucio dióxido de carbono, el desagradable hidrógeno, el suave xenón, o cualquiera de los muchos otros, y así hasta llegar a las trazas prácticamente inencontrables de amoníaco, cuya búsqueda, no digamos ya hallazgo, era objeto de animadas tertulias en el seno de la civilización aerostática.

Claro está que al atardecer los humanos regresaban al hogar y entonces la vida activa sucedía a la contemplativa. O más bien, la sacudía bien fuerte. No podía darse ningún tipo transición entre una cosa y otra, nada que amortiguara el impacto de un cambio tan brutal. La filosofía y las demás disquisiciones morales y estéticas eran repentinamente sustituidas por la acción pura, la intemporalidad por un incierto y mudable presente, la apacibilidad por el terror, la seguridad por el ocultamiento.

Al menos, el globo verde había conseguido elevarse hasta lo alto del armario del pasillo en algún momento de la madrugada; por lo tanto, el único que se hallaba en serio peligro ese día era el globo violeta, en la tarde de la sexta jornada, ocasión en la que estuvo muy cerca de ser capturado. Sorprendido casi en el centro de la mayor extensión de parqué de la casa, se vio obligado a rodar lamentablemente en cuanto oyó el rechino de las bisagras de la puerta de entrada. A media huida, con las fuerzas abandonándolo del todo, logró encontrar el apoyo del rodapiés de madera de la pared más larga y, justo en el último instante, cuando la puerta doble que comunicaba el salón con el vestíbulo se abría de par en par, fue capaz de tomar impulso desde allí, girar in extremis tras el sillón de lectura e introducirse en el hueco que había entre ese mueble y un ancho revistero de plástico transparente. Salvó la vida por esa feliz carambola, por una especie de milagro de la dinámica de fluidos. Como un torbellino, los humanos entraban en aquel preciso instante.

A resguardo pero aún nervioso, el globo violeta quiso mirar a las alturas para dar las gracias al cielo. Al Gran Éter del universo que todo lo quiere y todo lo incluye. Mas cuando alzó su nudo hacia arriba se quedó de piedra: justo encima de él una mujer lo miraba fijamente. Sonreía segura de sí misma, más que contenta por su hallazgo. La berenjenita dio un respingo y a punto estuvo de cometer el error de salir de su escondite, error que hubiese resultado irreparable. Tuvieron que pasar algunos segundos de espantosa ansiedad para que se percatara de lo infundado de sus temores. Porque solo se trataba de una imagen fija, una especie de muñeco bidimensional constreñido en un rectángulo satinado y brillante en el que la humana en cuestión no se movía ni parecía respirar. En fin, solo había sido un buen susto. La mujer se veía rodeada por letras de color rosa de diferente forma, tamaño irregular y caprichosa inclinación. Algunas cubrían parte de su asqueroso cuerpo huesudo. Sobre su cabeza los signos caligráficos resultaban más grandes y gruesos y se unían hasta formar un conjunto indescifrable. C O S M O P O L I T A N. Por encima y por detrás de ese conjunto emergía la parte superior de otro rectángulo, más colorido y chillón si cabe. Solo dejaba ver algunas nuevas letras, todas amarillas, de mayor corpulencia que las otras, las cuatro primeras más grandes, las seis últimas más pequeñas. M A X I t u n i n g. Un cochecito color caramelo tapaba parcialmente la M inicial. A saber qué era eso. Por lo menos no había más feas figuras a la vista.

Al margen del sobresalto que había sufrido tras el sillón de lectura, el violeta podía considerarse un globito verdaderamente afortunado. Saltaba a la vista que ese día los padres habían vuelto a casa con peor talante que nunca. Esto significaba una cantidad muy grande y muy explosiva de mal genio. De haber sido descubierta in fraganti en medio del salón, la berenjenita bulbosa no hubiera encontrado piedad en ninguno de los dos adultos. Imposible del todo. Los niños parecían en cambio de un humor excelente. Corrieron como posesos hasta el cuarto de juegos para reencontrarse con las figuritas de la caja azul eléctrico, que los esperaban exactamente igual que cada tarde, sobradas y perniciosas como ningunas. Los críos las cogieron y empezaron a desarrollar con ellas la aventurita de costumbre. Consistía en un mismo argumento cuyos detalles variaban y se enriquecían con cada nueva función. El amenazador lobo de ojos rojos solía quedar fuera del reparto, lo que le sentaba fatal. El guerrero con barba de cinco días y gola de cota de malla hacía de villano principal. El papel le venía al pelo; no tenía que fingir absolutamente nada. Empezaba la trama secuestrando a la princesa lolita de pelo corto y collar de cuentas, que tenía que conformarse con actuar de hija de la princesa con falda verde de miriñaque, ahora en el rol de reina, la cual había sido testigo del aberrante atentado contra la libertad de su hija y corría a dar la alarma a su esposo, el soberano del lugar, por descontado que el caballero de armadura dorada y penacho con pluma negra. Pero el monarca desconocía la dirección que había tomado el secuestrador. Era curioso que la princesa con falda verde de miriñaque tampoco estuviera al tanto de eso. Esta incongruencia generaba un pequeño problema. Suerte que el fiel soldado de gesto malévolo y armadura gris estuviera por allí para acercarse a su señor y susurrarle al oído que tenía una novia en el pueblo que tal vez hubiera visto hacia dónde se dirigía el secuestrador. Pues bien, allá se disponían a encaminarse los dos, caballero de armadura dorada y penacho con pluma negra y soldado de gesto malévolo y armadura gris, al pueblo de marras, que eran cuatro o cinco inestables columnas erigidas con piezas de Lego y dos zapatillas de andar por casa colocadas en ángulo recto. La princesa-reina con falda verde de miriñaque lloraba inconsolable por la desaparición de su única hija y heredera. El caballero de armadura dorada y penacho de pluma negra la besaba antes de marchar; le sorbía las lágrimas y le prometía regresar con la muchacha tras decapitar al guerrero que se la había llevado. Una vez en el pueblo, el rey y el soldado visitaban a la novia de este último, la princesa-hippy malva de corona de flores, en esta ocasión en el papel de zagala casadera. Por un casual, la chica conocía a un hadita bosquimana que podría ayudar al monarca. Guiaba entonces a los dos varones a una gruta formada por tres maltratados cojines de colores, uno ejerciendo de dintel gigantesco, en cuyo interior aguardaba la pérfida hada-niña de alitas rosas y pies descalzos. Y sí, en efecto, ese personajillo conocía un conjuro secreto capaz de forzar la venida de alguien que conduciría a quien lo solicitara hasta el misterioso paradero de la princesa desaparecida, siempre que se lo rogasen educadamente, eso sí, de manera que el hada-niña de alitas rosas y pies descalzos no perdía un minuto en ponerse manos a la obra, con las otras tres figuritas observando atentamente el proceso. El hechizo, con todas sus guarrerías y potingues habituales, terminaba de súbito con el aterrizaje triunfal del equino alado de incierta sexualidad, soberbio y magnífico, que se aprestaba a transportar a los héroes hasta el cubil del malvado secuestrador, la caja vacía color butano de las últimas zapatillas Nike que se había comprado el papá, y que solo tras denodados esfuerzos pudieron los dos niños salvar del cubo de la basura de papel y cartón e incorporar a su heterogénea batería de piezas y trastos que quizás pudieran servir alguna vez para algo, en especial los recipientes de cartón, cuya utilidad resultaría evidente hoy o podría revelarse de algún modo sorprendente y maravilloso cualquier otro día. En resumen, el malvado captor era sorprendido en su madriguera y daba comienzo la gran escena final, el larguísimo combate en el que primero caía el soldado de gesto malévolo y armadura gris y luego estaba a punto de hacerlo también el caballero de armadura dorada y penacho con pluma negra, aunque no, no había que perder la esperanza, al final solo se trataba de uno de esos efectismos narrativos al uso, porque el rey se reponía en última instancia, se erguía con toda la majestad que le era propia, alzaba el espadón y aniquilaba al guerrero con barba de cinco días y gola de cota de malla cuando este precisamente se disponía a darle la estocada de gracia a él. Mientras tanto, la princesa lolita de pelo corto y collar de cuentas presenciaba la titánica lid como correspondía a una chica estándar de su condición, aterrada y sin iniciativa alguna, aguardando nada más que a ser salvada o a perecer pasivamente. Había sido amordazada con sumo ingenio, unas tiritas de papel higiénico rodeaban su boca e incluso anudaban sus brazos, aunque jamás se sabría el motivo de todo aquello, ni siquiera la razón de su mismo rapto, eso nunca, porque los dos niños aún estaban lejos de comprender lo que de verdad podía llegar a pasarle a una lolita cualquiera en manos de un secuestrador infame y sin escrúpulos; el auténtico propósito de esa clase de violencia. Solo sabían que la escena era plausible, sí, eso sí. Y excitante a más no poder. Eso lo habían podido intuir gracias a las películas de Disney.

El alboroto generado por la aventura de los muñequitos de la caja azul eléctrico resultaba difícil de tolerar para los padres: ese día estaban de muy malas pulgas. Dejó de serlo del todo cuando la historia llegó a su clímax, esto es, al emocionante duelo entre el caballero de armadura dorada y penacho con pluma negra y el guerrero con barba de cinco días y gola de cota de malla. Entonces la madre de los niños quiso convencerse de que no podía aguantar más. Se inclinó cincuenta grados a un lado del sofá y empezó a vociferar estentóreamente para que cesara el ruido. Como quiera que los críos no mostraban ninguna receptividad hacia las demandas maternas, la mujer pegó un brinco y con cinco poderosas zancadas alcanzó el umbral del cuarto de juegos. Sus hijos la vieron venir y comprendieron que ya era demasiado tarde para esquivar la tormenta. El globo verde presenció la escena desde lo alto del armario del pasillo; los gritos de la madre lo hicieron vibrar a él antes que a ningún otro. Con su carita siniestra, no se perdió ni un detalle del doméstico affaire, observando que la humana se comportaba como solía hacerlo en esos casos, desatando un torrente de invectivas que se encadenaban unas con otras y se alternaban con terroríficos gestos admonitorios, partiendo siempre de lo concreto, de los hechos objetivos que fueran causa de la alteración de turno, para fluir de inmediato hacia otros ámbitos de reproche que se alejaban más y más del verdadero origen de tantísimo oprobio, de modo que al término de esa cadena, término que raramente funcionaba como tal, sino como pausa más o menos larga de una misma y gigantesca regañina que se retomaría en otros momentos de esa misma jornada e incluso de la jornada siguiente, pues en ese incierto término del que venimos hablando, resultaba no ya complicado, sino prácticamente imposible recordar la forma o el color de la primera nube que había traído todo aquel granizo terrible. Por ese motivo la madre podía acabar alzando con su mano derecha el peinecito dorado de una de las figuritas de la caja de azul eléctrico, y la alzaba de hecho, y los dos niños contenían el aliento clavando los ojos en aquel utensilio infinitesimal, y sin embargo ni la mamá ni los hijos se acordaban en ese momento de que la bronca morrocotuda que los implicaba a todos se había desatado por un poco más de ruido de lo aconsejable. Ocurría que ya no era así. Cómo distinguir, cómo pretender hacer memoria siquiera del primer copo de nieve del alud. La cadena de argumentos y reconvenciones había evolucionado hasta pisar terrenos de mayor ruindad y mucha menor justicia, y entonces el gran reproche poco tenía que ver con unos decibelios de más o de menos, sino con una cosa siempre inesperada e impredecible, sobre todo impredecible, ahora con el espantoso, con el nunca visto disparate de que unos niños así de pequeños tuviesen en su poder unas piezas así de peligrosas, Oh Dios, así de minúsculas, con la tragedia que al parecer allí se preparaba sin que nadie hubiese puesto el grito en el cielo hasta ese instante, uno de los dos niños convulsionando sobre la alfombra con el rostro morado y la lengua fuera, ahogándose, a punto de morir de asfixia, la ambulancia sin hacer acto de presencia aun habiéndose marcado el 112 hasta en cuatro ocasiones, la inevitable traqueotomía de urgencia con un bolígrafo BiC cristal y las inyecciones dolorosas y los pinchazos variopintos y cualesquiera otros tormentos con los que la calenturienta imaginación de la mamá o del papá era capaz de aterrorizar a los críos de aquella casa cuando a alguno de los dos adultos o a ambos se los llevaban todos los demonios. Cosa que sucedía con bastante frecuencia. Así que el tributo que la ira materna se quiso cobrar en la tarde de la sexta jornada no fue otro que ese coqueto peinecito dorado, y esta era la forma, siempre insospechada, con la que se cerraba el círculo en esta ocasión. El último eslabón de la cadena uniéndose con el primero. El peinecito de las figuritas de la caja azul eléctrico, mango formado por una sucesión casi imperceptible de anillitos fundidos uno sobre otro, cuerpo dorado y oblongo, todo a la escala de una gracia ridícula. El peinecito ahora aprisionado entre el hermoso pulgar y el fino dedo índice de la madre, apéndices humanos que no iban a tardar en cerrarse sobre sí mismos, de introducirse en el puño con los otros tres dedos restantes y de hacer desaparecer al liliputiense accesorio para siempre.

Los niños rompieron a llorar en cuanto vieron que los peores presagios se cumplían, esto es, cuando el peinecito dejó de estar a la vista. Era lógico; podían estar seguros de que no volverían a jugar con él. Que la madre lo tiraría a la basura esa misma noche. Aún resultaba más previsible que, al hipar y sollozar de esa manera, los dos críos hiciesen todavía más ruido que antes, pero aun llorando a moco tendido, como era el caso, no daba la impresión de que esos nuevos estruendos molestaran tanto a los padres como los del alegre bullicio inicial. Nada que ver. La amargura era más aceptable que la dicha, querría eso decir, y en tal caso aquello constituiría otro de los muchos rasgos humanos que resultaban del todo incomprensibles para el globo verde.


(CONTINUARÁ)
Ignacio Sánchez

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